Después de una semana de trabajo intensa y estresante le encantaba saborear esos segundos en los que abría los ojos y tomaba conciencia de que no le tocaba ir a la oficina.
En los días de frío le gustaba dormir con poca ropa, pero arropado. El contraste de temperaturas le hacía acurrucarse para aguardar el calor de su cuerpo. Este sábado se despertó pensando en ella. Sin darse cuenta, empezó a recordar sus fotos. Las empezó a unir formando una única imagen de ella desnuda. Deseó verla quitándose la ropa prenda por prenda. Viendo como su cuerpo desnudo iba apareciendo según desaparecía su ropa. Se la imaginó depilándose en la ducha. Le gustó la escena. Cerró los ojos con más fuerza para aumentar la resolución de la imagen que tenía en mente.
Recordó su boca, sus pechos, sus pezones, su vagina, su clítoris… Notó que estaba excitado. Pasó su mano por encima de su ropa interior y notó la erección. Metió la mano dentro y empezó acariciarse pensando que sus manos eran las de ella. No tardó en empezar a mastubarse. Al principio, despacio. Poco a poco el ritmo de sus manos ganó en velocidad.
Deseaba estar dentro de ella. Dentro de sus manos, de su boca, de su vagina. Quería pegar su cuerpo al suyo. Por delante. Y también por detrás. Sentía que quería tener el orgasmo dentro de su boca. O regar sus pechos de su semen para luego masajearla y lubricarla con el líquido caliente que salía de su cuerpo.
Deseaba verla gozar de placer. Necesitaba verla gritar y gemir sin control. Se la imaginaba masturbándose mientras pensaba en él. Seguían apareciendo sus fotos en su mente mientras sus manos seguían masturbándose tan rápido como podía a la vez que notaba como la humedad del pene era elevada. No podía estar más dura. Sentía que iba a correrse, pero le daba pena que su semen se desperdiciara. Quería que le vieran. Quería verla mientras le veía mirando cómo se tocaba y cómo gemía. Quería volverla a ver desnuda. Quería saber cómo sabía su cuerpo, sus pechos, sus pezones, su boca, su vagina…
Y alcanzó el orgasmo. Sintió varias corrientes eléctricas que expulsaron su semen. Notó cómo su mano se lleno de semen. Se limpió con su propia piel, acariciándose pensando que era ella, que estaba en su boca
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Semáforo en rojo.
Mañana soleada y calurosa.
Después de las procesiones de madrugada media ciudad duerme; la otra regresa, somnolienta, a casa.
Quiero aprovechar mis escasos días de vacaciones y yo, que no me encuentro entre aquellos que han estado en el bullicio religioso, decido salir a hacer ejercicio. Me pongo mi camiseta azul, unas mallas cortas de “running” del mismo color con ribetes blancos en el lateral de los muslos, calcetines deportivos y mis zapatillas para correr negras. Ni una sola prenda más. Solo llevo puestas esas cuatro.
Tras recorrer los primeros metros, me percato de que hay viento de levante en calma. Me tocará pasar un poco más de calor y de sensación de bochorno de lo previsto. Rompo a sudar a los pocos minutos sintiendo cómo mi camiseta se empieza a empapar y a pegarse a mi piel húmeda. Las mallas también absorben mi sudor y el color azul se ve impregnado de surcos oscuros. Llego al parque y recorro por dentro, por los senderos de albero, la distancia que tenía fijada para el entrenamiento de hoy.
Satisfecho por el ritmo y el tiempo empleados decido regresar a casa ya a una velocidad más suave, como forma de relajar mis extremidades inferiores. Salgo por la puerta principal del parque y tengo que detener momentáneamente mi carrera. El semáforo está en rojo. Para no enfriarme me quedo dando pequeños saltos, levantando los pies del suelo pero sin avanzar del sitio. Sé que ese semáforo tarda unos dos minutos en cambiar de color así que me armo de paciencia. No quiero arriesgarme a cruzar en rojo.
De repente apareces tú con tu marido. Te detienes junto a mí, a mi izquierda. A la tuya se coloca tu esposo. Debes de venir de regreso de ver las procesiones porque vas demasiado arreglada: un vestido verde liso ajustado de mangas cortas y que termina a mitad de tus muslos cubiertos por medias negras. El semáforo sigue en rojo y yo moviéndome para no enfriarme. Me doy cuenta de que me observas: recorres con tu mirada mi cuerpo de arriba abajo. No le doy mayor importancia y sigo esperando el cambio de color del disco del semáforo. Pero segundos más tarde noto que tu mirada continúa clavada en mí. Descubro que estás mirando el bulto de mi entrepierna, aprisionado y oculto bajo las mallas. Debido a los gestos de mis zancadas mientras corro, está todo escorado al lado izquierdo, justo el que está casi pegado a ti. La mancha de sudor de mis ingles se ha extendido y recubre la zona de la prenda donde está atrapada mi polla. Te das cuenta de que te he sorprendido mirando mi miembro pero te da completamente igual. Tranquila y descarada a la vez vuelves a clavar tus ojos en mi pene porque tu marido está completamente ajeno a todo, inmerso en su móvil de última generación, seguro que escribiendo tonterías en Facebook.
Intento controlarme pero el hecho de sentirme observado hace que mi miembro no aguante más y comience a endurecerse. Percibo cómo crece centímetro a centímetro abriéndose paso bajo la apretura de las mallas. Notas que mi verga se ha empalmado y esbozas una sonrisa de placer y deseo en tus labios rojos carmín. Tu esposo sigue tecleando como un imbécil mientras tú te deleitas con la polla de un desconocido. Es lo que tiene el vicio de la tecnología.
Sé que deben faltar pocos segundos para que el semáforo cambie de color pero temo que antes de que eso se produzca llegues a ver algo más de lo que contemplas ahora: con el sol dándome de frente, las mallas húmedas por el sudor y la polla tiesa pegada literalmente a la prenda, es capaz de transparentarse todo y de que pases de ver la silueta a observar mi pene transparentado, la redondez de su punta, el grosor de las venas marcadas. Tus pezones parecen que van a traspasar y a agujerear tu vestido de lo duros que se te han puesto. ¿Cómo estarán tus braguitas o tu tanga? Imagino que tu prenda íntima ya ha sido manchada por gotitas de flujo procedentes de tu coño. Veo entonces cómo abres los ojos de asombro y en tu rostro se dibuja una grata expresión de sorpresa. ¿Se habrán confirmado mis temores? ¿Habrás podido ver más de lo que tú misma imaginabas?
Por fin el semáforo se pone en verde y me lanzo a la carrera no sin antes girar mi cabeza y comprobar cómo aprovechas ahora para fijarte en mi culo. Mientras recorro el camino de regreso y llego a casa, tu marido y tú os detenéis a desayunar en un bar. Tras pedir el desayuno, te disculpas con tu esposo y le dices que vas a ir un momento al servicio en lo que tardan en servir. Presurosa caminas hasta el servicio y cierras la puerta. Sientes tu sexo empapado y no aguantas más. Te subes el vestido hasta la cintura y observas cómo tu tanga rosa y estrenado ese mismo día está totalmente manchado. Desesperada te lo bajas, llevas la palma de tu mano a tu coño en introduces varios dedos dentro hasta el fondo y allí mismo, en ese servicio de bar sucio y maloliente, te masturbas hasta correrte de gusto pensando en la verga que acabas de ver. Tras el orgasmo, totalmente complacida, ni siquiera te acuerdas de ponerte el tanga que dejas en el suelo del servicio, abandonado y apestando a tu coño caliente.
Después de las procesiones de madrugada media ciudad duerme; la otra regresa, somnolienta, a casa.
Quiero aprovechar mis escasos días de vacaciones y yo, que no me encuentro entre aquellos que han estado en el bullicio religioso, decido salir a hacer ejercicio. Me pongo mi camiseta azul, unas mallas cortas de “running” del mismo color con ribetes blancos en el lateral de los muslos, calcetines deportivos y mis zapatillas para correr negras. Ni una sola prenda más. Solo llevo puestas esas cuatro.
Tras recorrer los primeros metros, me percato de que hay viento de levante en calma. Me tocará pasar un poco más de calor y de sensación de bochorno de lo previsto. Rompo a sudar a los pocos minutos sintiendo cómo mi camiseta se empieza a empapar y a pegarse a mi piel húmeda. Las mallas también absorben mi sudor y el color azul se ve impregnado de surcos oscuros. Llego al parque y recorro por dentro, por los senderos de albero, la distancia que tenía fijada para el entrenamiento de hoy.
Satisfecho por el ritmo y el tiempo empleados decido regresar a casa ya a una velocidad más suave, como forma de relajar mis extremidades inferiores. Salgo por la puerta principal del parque y tengo que detener momentáneamente mi carrera. El semáforo está en rojo. Para no enfriarme me quedo dando pequeños saltos, levantando los pies del suelo pero sin avanzar del sitio. Sé que ese semáforo tarda unos dos minutos en cambiar de color así que me armo de paciencia. No quiero arriesgarme a cruzar en rojo.
De repente apareces tú con tu marido. Te detienes junto a mí, a mi izquierda. A la tuya se coloca tu esposo. Debes de venir de regreso de ver las procesiones porque vas demasiado arreglada: un vestido verde liso ajustado de mangas cortas y que termina a mitad de tus muslos cubiertos por medias negras. El semáforo sigue en rojo y yo moviéndome para no enfriarme. Me doy cuenta de que me observas: recorres con tu mirada mi cuerpo de arriba abajo. No le doy mayor importancia y sigo esperando el cambio de color del disco del semáforo. Pero segundos más tarde noto que tu mirada continúa clavada en mí. Descubro que estás mirando el bulto de mi entrepierna, aprisionado y oculto bajo las mallas. Debido a los gestos de mis zancadas mientras corro, está todo escorado al lado izquierdo, justo el que está casi pegado a ti. La mancha de sudor de mis ingles se ha extendido y recubre la zona de la prenda donde está atrapada mi polla. Te das cuenta de que te he sorprendido mirando mi miembro pero te da completamente igual. Tranquila y descarada a la vez vuelves a clavar tus ojos en mi pene porque tu marido está completamente ajeno a todo, inmerso en su móvil de última generación, seguro que escribiendo tonterías en Facebook.
Intento controlarme pero el hecho de sentirme observado hace que mi miembro no aguante más y comience a endurecerse. Percibo cómo crece centímetro a centímetro abriéndose paso bajo la apretura de las mallas. Notas que mi verga se ha empalmado y esbozas una sonrisa de placer y deseo en tus labios rojos carmín. Tu esposo sigue tecleando como un imbécil mientras tú te deleitas con la polla de un desconocido. Es lo que tiene el vicio de la tecnología.
Sé que deben faltar pocos segundos para que el semáforo cambie de color pero temo que antes de que eso se produzca llegues a ver algo más de lo que contemplas ahora: con el sol dándome de frente, las mallas húmedas por el sudor y la polla tiesa pegada literalmente a la prenda, es capaz de transparentarse todo y de que pases de ver la silueta a observar mi pene transparentado, la redondez de su punta, el grosor de las venas marcadas. Tus pezones parecen que van a traspasar y a agujerear tu vestido de lo duros que se te han puesto. ¿Cómo estarán tus braguitas o tu tanga? Imagino que tu prenda íntima ya ha sido manchada por gotitas de flujo procedentes de tu coño. Veo entonces cómo abres los ojos de asombro y en tu rostro se dibuja una grata expresión de sorpresa. ¿Se habrán confirmado mis temores? ¿Habrás podido ver más de lo que tú misma imaginabas?
Por fin el semáforo se pone en verde y me lanzo a la carrera no sin antes girar mi cabeza y comprobar cómo aprovechas ahora para fijarte en mi culo. Mientras recorro el camino de regreso y llego a casa, tu marido y tú os detenéis a desayunar en un bar. Tras pedir el desayuno, te disculpas con tu esposo y le dices que vas a ir un momento al servicio en lo que tardan en servir. Presurosa caminas hasta el servicio y cierras la puerta. Sientes tu sexo empapado y no aguantas más. Te subes el vestido hasta la cintura y observas cómo tu tanga rosa y estrenado ese mismo día está totalmente manchado. Desesperada te lo bajas, llevas la palma de tu mano a tu coño en introduces varios dedos dentro hasta el fondo y allí mismo, en ese servicio de bar sucio y maloliente, te masturbas hasta correrte de gusto pensando en la verga que acabas de ver. Tras el orgasmo, totalmente complacida, ni siquiera te acuerdas de ponerte el tanga que dejas en el suelo del servicio, abandonado y apestando a tu coño caliente.
Follar
¿No sientes a veces que todo es inútil? ¿Que todos tus esfuerzos por encontrarle sentido a algo están vacíos? ¿Que eres totalmente gilipollas? Y en esos momentos, cuando todo es estúpido y vano ¿ no te apetece follar a saco? ¿Follar y follar sin piedad, contra todos, a toda máquina, dejándote la vida en ello? Follar cerdo. Redundante. Profuso. Inmenso, incesante, denso, jodido, feroz. Perverso.
En esos momentos , me follaría a cualquiera. De todas las maneras. Todo el tiempo. Como si siguiera un único camino directa al caos. Apurando mi vaso de veneno. Empezando a cocinarme en el ahora. En mi fuego. Con mi propia sangre. Con mis células descontroladas por el ansia, la fiebre y el deseo. Con mi cuerpo inflamado, la boca seca y la polla empalmada de furia, frenético, hirviendo de ganas. Sin querer pensar en nada que no sea en penetrar con ella, profundo, hasta el alma, sentir una boca abarcando por entero mi sexo, un cuerpo sudoroso arrastrándose sobre mi cuerpo... Sin dar una mínima oportunidad. Para qué. Todo es inútil y esto es lo que queda. Mi cuerpo. Y no hace falta nada más. Sexo.
Mi cabeza se afloja a ese frenesí y no me hago caso. Me doy la espalda. Cierro filas a todo lo demás. Abro mi boca. Me lo bebo. Dispuesto. Emputecido. Salvaje.
Y entregado a mi animalidad me desordeno, me agito, me revuelco. Follo, mamo, babeo, hurgo, lamo, huelo, rasgo, levito… me encuentro ante mi concupiscencia como un dios follador. Qué coño como un dios, no, como un demonio. Como una vampiro goloso de cuerpos dispuestos a su perverso destino: dejarse el alma a base de sexo y ganas. Follar y follar y follar por toda la eternidad. Y me dejo caer en ese precipicio hacia mi jardín de las delicias. Buscando un abismo desde mis celestiales placeres, arrojándome al auténtico vacío, convencido de que la incompetencia de todos mis trances al menos habrá servido para que el puto infierno me pille en movimiento.
En esos momentos , me follaría a cualquiera. De todas las maneras. Todo el tiempo. Como si siguiera un único camino directa al caos. Apurando mi vaso de veneno. Empezando a cocinarme en el ahora. En mi fuego. Con mi propia sangre. Con mis células descontroladas por el ansia, la fiebre y el deseo. Con mi cuerpo inflamado, la boca seca y la polla empalmada de furia, frenético, hirviendo de ganas. Sin querer pensar en nada que no sea en penetrar con ella, profundo, hasta el alma, sentir una boca abarcando por entero mi sexo, un cuerpo sudoroso arrastrándose sobre mi cuerpo... Sin dar una mínima oportunidad. Para qué. Todo es inútil y esto es lo que queda. Mi cuerpo. Y no hace falta nada más. Sexo.
Mi cabeza se afloja a ese frenesí y no me hago caso. Me doy la espalda. Cierro filas a todo lo demás. Abro mi boca. Me lo bebo. Dispuesto. Emputecido. Salvaje.
Y entregado a mi animalidad me desordeno, me agito, me revuelco. Follo, mamo, babeo, hurgo, lamo, huelo, rasgo, levito… me encuentro ante mi concupiscencia como un dios follador. Qué coño como un dios, no, como un demonio. Como una vampiro goloso de cuerpos dispuestos a su perverso destino: dejarse el alma a base de sexo y ganas. Follar y follar y follar por toda la eternidad. Y me dejo caer en ese precipicio hacia mi jardín de las delicias. Buscando un abismo desde mis celestiales placeres, arrojándome al auténtico vacío, convencido de que la incompetencia de todos mis trances al menos habrá servido para que el puto infierno me pille en movimiento.
Domingos calientes
Odias los domingos. Parecen días en los que forzosamente hay que hacer algo para que dé la sensación de que pasa alguna cosa, de que has hecho algo que ha merecido la pena. Pase o no pase algo, desde luego, aparentan no moverse. Por eso los odias.
Estabas haciendo la comida mientras escuchabas "Sensual woman"...Y te has sonreído... Porque te has acordado de aquella tarde, apoyados en el capo del coche, en la que te hablaba de una canción, no te acuerdas de cual, y el modo en que te pedi como si nada que te levantaras la falda muy despacio para, a continuación, seguir hablando de música, fingiendo que no te había dicho nada, fingiendo que no me habías oído, y luego tu, como si nada, bajaras tus braguitas. Y la manera en que te comí el coño con tu espalda pegada al coche. Y, por dios, como temblaba tu culo contra la chapa caliente de aquel coche. Bufff!!!! Recuerdos...Has cerrado los ojos y has pensado: VEN!!!
Te ha gustado tanto acordarte de eso que lo has dejado todo, te has ido a tu cuarto a cambiarte y te has quitado las bragas para hacer más vívida aquella sensación. Has podido sentir tu piel abriéndose poco a poco, dejándote deslizar en esa lánguida cadencia de la música, dejándote caer en toda la magia de tu instinto...
Has seguido con la comida, mientras seguías pensando y aparecían imágenes en tu cabeza, notando sensaciones en tu coño mientras picabas las verduras hasta que he llegado. Venía sudando como un pollo. Me has sonreído maliciosa. Te has puesto cachondísima, no sé si espabilada por el olor tácito de mis feromonas o porque tus hormonas ya se habían estado preparando. Me has vuelto a sonreír invitándome a que me acercara. - Estoy sudando y huelo a cerdo.- Has soltado una carcajada con toda la perversidad que has podido - Pues claro...es-que-eres-un-cerdooo. Te he besado el cuello, te he mordido ligeramente el labio, he bajado mi mano hasta tu culo.
- Guarrrrrra...no...llevas...brrrragassss mmmmmm...y...estás mojada mmmmm.
Nos hemos estado comiendo un rato la boca. Estas segura que hay una conexión entre el borde de tus labios y las secreciones de tu coño, cuántos más besos, cuánto más te paso la lengua por los labios y los muerdo dulcemente y te respiro en la boca más puta te pones. A veces te dan ganas de pedirme que te folle a saco después de besarte. Pero que te folle a morir, con toda la fuerza de mi alma y de mi polla. Sentirte poseída por mi potencia y por mi lujuria. Sentirte mia, totalmente mia..
He apoyado mis manos en tus hombros obligándote a bajar hasta mi polla. Mi rabo ha impactado en tu mejilla al sacármela del pantalón y una punzada de placer ha atravesado tu estómago.
Mientras me la comías he ido quitándote la ropa. Te he sacado la chaqueta apresurado y te has quedado con una camisetita de tirantes y las tetas por fuera, he tirado un poco de tu pantalón de pijama sin que dejases de chupármela ni un momento y te lo he quitado sin ninguna dificultad. Te he restregado la polla por la cara y su olor te ha inundado. Has sacado la lengua para lamerme el capullo. Sabes que me encanta mirarte mientras me la comes, y a tí te encanta meterte en esa mirada, salvaje, de macho, espontánea, feroz...te pone muy cerda sentir mi lujuria tan dentro, te remueve, te hace temblar. Te has metido toda la polla dentro, hasta los testículos, hasta donde no podías más. Su rotundidad afectaba a tu garganta y un chorrilllo de saliva se ha dejado caer entre el breve espacio que quedaba entre tus labios. Mientras te follaba la garganta te decía:
- Joooddder que puta eres mi niña, no te imaginas lo que puedo llegar a sentir cuando te pones así de loca.- Y es que te has puesto muy muy cerda. Con mi polla clavada en tu garganta, emitiendo ruidos guturales, moviendo tu lengua con mi rabo dentro, costándote respirar, animalizándote. Tu excitación iba in crescendo pero la mia también. Los dos en plan caníbal. Los dos muy putos.
Entonces te he hecho levantar, te he sacado también la camiseta, dejándote totalmente desnuda y te he tumbado en la mesa de la cocina. He sacado un hielo y lo he metido en un vaso con agua para que se deshiciera un poco, mientras tanto te he mantenido tumbada con las piernas abiertas, mirándome, respirando fuerte. Se que eso te emputece totalmente. Tumbada sobre la mesa con tus piernas en arco y respirando, respirando en lo que podías mientras te miraba, haciendote sentir el tiempo en tu lascivia, atento, sentado entre tus piernas, con mi cara de perro en celo, aguantándome esas putas ganas de clavarte la polla bien adentro.
Me he ido a por el hielo, lo he posado en el empeine de tu pie y lo he ido subiendo lentamente por tus piernas, lo he pasado por las corvas deslizándolo hasta el muslo, luego lo he llevado por tu cadera hasta el vientre y lo he hecho bajar por la otra pierna, el hielo se iba derritiendo en tu piel, mojándote en todos los sentidos, lo he ido frotando por tu costado ascendiendo por la cintura hasta tus pechos, he trazado círculos con él alrededor de tus pezones, lo he subido por tu pecho hasta el cuello y te lo he pasado por los labios. He metido mis dedos en tu boca y luego he metido el hielo prácticamente derretido en tu coño. Aunque apenas era una bolita pequeñita de hielo ardía de frío dentro de tu agujero encendido.
- Pica eh? Voy a terminar de derretir el hielo con el calor de mi rabo-
Acto seguido te he metido mi polla de una vez. Te he follado como loco, derritiendo el hielo, derritiéndote a tí, haciéndote sentir con mi pasión el poder de mi carne, follándote a saco, con todas mis putas ganas, sacándotelo todo, todo y todo.
Podías sentir como el orgasmo hacía temblar tus piernas cuando te has cortado un dedo con el cuchillo. Puta música, putos domingos, si es que nunca pasa nada, solo sé que has cerrado los ojos y has pensado: VEN!!!
Estabas haciendo la comida mientras escuchabas "Sensual woman"...Y te has sonreído... Porque te has acordado de aquella tarde, apoyados en el capo del coche, en la que te hablaba de una canción, no te acuerdas de cual, y el modo en que te pedi como si nada que te levantaras la falda muy despacio para, a continuación, seguir hablando de música, fingiendo que no te había dicho nada, fingiendo que no me habías oído, y luego tu, como si nada, bajaras tus braguitas. Y la manera en que te comí el coño con tu espalda pegada al coche. Y, por dios, como temblaba tu culo contra la chapa caliente de aquel coche. Bufff!!!! Recuerdos...Has cerrado los ojos y has pensado: VEN!!!
Te ha gustado tanto acordarte de eso que lo has dejado todo, te has ido a tu cuarto a cambiarte y te has quitado las bragas para hacer más vívida aquella sensación. Has podido sentir tu piel abriéndose poco a poco, dejándote deslizar en esa lánguida cadencia de la música, dejándote caer en toda la magia de tu instinto...
Has seguido con la comida, mientras seguías pensando y aparecían imágenes en tu cabeza, notando sensaciones en tu coño mientras picabas las verduras hasta que he llegado. Venía sudando como un pollo. Me has sonreído maliciosa. Te has puesto cachondísima, no sé si espabilada por el olor tácito de mis feromonas o porque tus hormonas ya se habían estado preparando. Me has vuelto a sonreír invitándome a que me acercara. - Estoy sudando y huelo a cerdo.- Has soltado una carcajada con toda la perversidad que has podido - Pues claro...es-que-eres-un-cerdooo. Te he besado el cuello, te he mordido ligeramente el labio, he bajado mi mano hasta tu culo.
- Guarrrrrra...no...llevas...brrrragassss mmmmmm...y...estás mojada mmmmm.
Nos hemos estado comiendo un rato la boca. Estas segura que hay una conexión entre el borde de tus labios y las secreciones de tu coño, cuántos más besos, cuánto más te paso la lengua por los labios y los muerdo dulcemente y te respiro en la boca más puta te pones. A veces te dan ganas de pedirme que te folle a saco después de besarte. Pero que te folle a morir, con toda la fuerza de mi alma y de mi polla. Sentirte poseída por mi potencia y por mi lujuria. Sentirte mia, totalmente mia..
He apoyado mis manos en tus hombros obligándote a bajar hasta mi polla. Mi rabo ha impactado en tu mejilla al sacármela del pantalón y una punzada de placer ha atravesado tu estómago.
Mientras me la comías he ido quitándote la ropa. Te he sacado la chaqueta apresurado y te has quedado con una camisetita de tirantes y las tetas por fuera, he tirado un poco de tu pantalón de pijama sin que dejases de chupármela ni un momento y te lo he quitado sin ninguna dificultad. Te he restregado la polla por la cara y su olor te ha inundado. Has sacado la lengua para lamerme el capullo. Sabes que me encanta mirarte mientras me la comes, y a tí te encanta meterte en esa mirada, salvaje, de macho, espontánea, feroz...te pone muy cerda sentir mi lujuria tan dentro, te remueve, te hace temblar. Te has metido toda la polla dentro, hasta los testículos, hasta donde no podías más. Su rotundidad afectaba a tu garganta y un chorrilllo de saliva se ha dejado caer entre el breve espacio que quedaba entre tus labios. Mientras te follaba la garganta te decía:
- Joooddder que puta eres mi niña, no te imaginas lo que puedo llegar a sentir cuando te pones así de loca.- Y es que te has puesto muy muy cerda. Con mi polla clavada en tu garganta, emitiendo ruidos guturales, moviendo tu lengua con mi rabo dentro, costándote respirar, animalizándote. Tu excitación iba in crescendo pero la mia también. Los dos en plan caníbal. Los dos muy putos.
Entonces te he hecho levantar, te he sacado también la camiseta, dejándote totalmente desnuda y te he tumbado en la mesa de la cocina. He sacado un hielo y lo he metido en un vaso con agua para que se deshiciera un poco, mientras tanto te he mantenido tumbada con las piernas abiertas, mirándome, respirando fuerte. Se que eso te emputece totalmente. Tumbada sobre la mesa con tus piernas en arco y respirando, respirando en lo que podías mientras te miraba, haciendote sentir el tiempo en tu lascivia, atento, sentado entre tus piernas, con mi cara de perro en celo, aguantándome esas putas ganas de clavarte la polla bien adentro.
Me he ido a por el hielo, lo he posado en el empeine de tu pie y lo he ido subiendo lentamente por tus piernas, lo he pasado por las corvas deslizándolo hasta el muslo, luego lo he llevado por tu cadera hasta el vientre y lo he hecho bajar por la otra pierna, el hielo se iba derritiendo en tu piel, mojándote en todos los sentidos, lo he ido frotando por tu costado ascendiendo por la cintura hasta tus pechos, he trazado círculos con él alrededor de tus pezones, lo he subido por tu pecho hasta el cuello y te lo he pasado por los labios. He metido mis dedos en tu boca y luego he metido el hielo prácticamente derretido en tu coño. Aunque apenas era una bolita pequeñita de hielo ardía de frío dentro de tu agujero encendido.
- Pica eh? Voy a terminar de derretir el hielo con el calor de mi rabo-
Acto seguido te he metido mi polla de una vez. Te he follado como loco, derritiendo el hielo, derritiéndote a tí, haciéndote sentir con mi pasión el poder de mi carne, follándote a saco, con todas mis putas ganas, sacándotelo todo, todo y todo.
Podías sentir como el orgasmo hacía temblar tus piernas cuando te has cortado un dedo con el cuchillo. Puta música, putos domingos, si es que nunca pasa nada, solo sé que has cerrado los ojos y has pensado: VEN!!!
Hotel
Después de un tira y afloja, nos hemos puesto de acuerdo y has decidido que si querías hacerlo, así que te has vestido, te has puesto tus pinturas de guerra y has decidido ir a matar. Sin preocuparte, del como me has conocido y del poco tiempo que llevamos hablando por la red. Tu cuerpo te pide emociones y crees que yo, podre sacarte de esa rutina y aburrimiento de vida marital que llevas con tu marido.
Has llegado a la hora convenida al hotel, hecha un manojo de nervios, y has subido a la habitación que te había indicado. Has tomado aire y has pasado dentro, aun cuando la oscuridad que vestía la habitación, hacia que el miedo, el respeto, por esta nueva situación, haya hecho que te lo hayas pensado un par de veces.
Y no he dejado a tu cabecita pensar mas. Sin saludos, sin besos, sin medias tintas, sabias a lo que venias. Te he desnudado, casi arrancando cada prenda de tu ropa de tu piel, te he tumbado, sobre la cama y te he abierto entera.
Tu coño gritaba hambre de mi polla. Pero quería que vieses como me pajeaba bien a gusto. Te gusta mirarme, si, como has hecho cada vez que me presentaba en tu pantalla a través de mi webcam, verdad, así de salido, de cerdo, de animal, de deseoso, de vulnerable. Mi verga brillaba palpitante al son de tus caderas. Esa tensión de mi piel, ese brillo de mis ojos. No has podido resistirte. Tus dedos penetraban tu agujero al ritmo que mi polla marcaba para hacerme saber cuánta impudicia te cabe dentro. Hebras de placer emergían de tu coño. No sé por qué tu lascivia se confunde con mis ojos y me quieres ahí parado, detenido, solo mirándote, solo mirándonos. Brutos. Vertebrados de sexo y nada más. Así. Esencia.
(No puedes llegar a imaginar cuánto placer me produce esa visión, es como ver algo certero. Es como mirar una verdad, oculta para ti hasta hace poco, sin miedos, de frente).
Has llegado a la hora convenida al hotel, hecha un manojo de nervios, y has subido a la habitación que te había indicado. Has tomado aire y has pasado dentro, aun cuando la oscuridad que vestía la habitación, hacia que el miedo, el respeto, por esta nueva situación, haya hecho que te lo hayas pensado un par de veces.
Y no he dejado a tu cabecita pensar mas. Sin saludos, sin besos, sin medias tintas, sabias a lo que venias. Te he desnudado, casi arrancando cada prenda de tu ropa de tu piel, te he tumbado, sobre la cama y te he abierto entera.
Tu coño gritaba hambre de mi polla. Pero quería que vieses como me pajeaba bien a gusto. Te gusta mirarme, si, como has hecho cada vez que me presentaba en tu pantalla a través de mi webcam, verdad, así de salido, de cerdo, de animal, de deseoso, de vulnerable. Mi verga brillaba palpitante al son de tus caderas. Esa tensión de mi piel, ese brillo de mis ojos. No has podido resistirte. Tus dedos penetraban tu agujero al ritmo que mi polla marcaba para hacerme saber cuánta impudicia te cabe dentro. Hebras de placer emergían de tu coño. No sé por qué tu lascivia se confunde con mis ojos y me quieres ahí parado, detenido, solo mirándote, solo mirándonos. Brutos. Vertebrados de sexo y nada más. Así. Esencia.
(No puedes llegar a imaginar cuánto placer me produce esa visión, es como ver algo certero. Es como mirar una verdad, oculta para ti hasta hace poco, sin miedos, de frente).
La leche del butanero.
¿A quién se le ocurre abrirle la puerta al hombre de la bombona de gas, al butanero, vestida con un escueto camisón de dormir rojo? Las prisas por que no pasara de largo el camión por la mañana temprano y te quedaras sin gas todo el fin de semana te han llevado a ello. La prenda te cubre justo tus intimidades: tus jóvenes y firmes senos de chica de 19 añitos, tu entrepierna y los macizos glúteos. Ahí termina la tela roja, coincidiendo con el final de tu culito, un par de centímetros más abajo.
La presencia del hombre en tu piso alquilado de estudiante debe durar poco, lo que tarde él en llevarte la bombona hasta la cocina y el tiempo que tú emplees en pagarle. Será un minuto, dos tal vez. No verá nada comprometedor, si no sucede ninguna anomalía, simplemente a una jovencita ligera de ropa.
Cuando le abres la puerta, se queda asombrado por lo que tiene delante. Te recorre en un segundo con su mirada, como si quisiera devorarte por completo. Se fija en tus pechos ocultos desnudos bajo el camisón, en tus muslos, luego te mira directamente a los ojos aún con la boca abierta. En ti se mezcla una doble sensación de halago (¿quién no se siente bien al provocar ese reacción en otra persona?) y de incomodidad por la situación. Le dices que te siga hasta la cocina. Un par de pasos detrás de ti el hombre se deleita ahora con el majestuoso espectáculo de tu trasero en movimiento, mientras su polla crece de tamaño bajo el pantalón del uniforme de la empresa de gas. Con tu caminar el final del camisón se levanta un poco y deja ver el inicio de los glúteos. El butanero no pierde detalle y ha visto ya esa parte de tus nalguitas al tiempo que siente su miembro cada vez más erecto y tieso. Ya le has indicado dónde debe colocar la bombona de gas y él saca la que está vacía y la reemplaza por la nueva.
Llega el momento de pagarle. El hombre no deja de contemplarte cada vez con más descaro. Te pones un poco nerviosa ante las miradas lascivas del individuo y esto hace que al abrir tu monedero para extraer el dinero varias monedas se te caigan al suelo. Tu reacción instintiva es la de inclinarte con rapidez para recogerlas, sin pensar en que al hacer este brusco movimiento el camisón se te subirá por detrás hasta dejar al descubierto completamente tus glúteos. Y justo eso es lo que sucede: mientras te inclinas para recoger una de las monedas, todo tu esplendoroso trasero, sin bragas, sin una mísera tira de un tanga que se hunda en tu rajita y al menos oculte la última parte del culo, desnudo, queda a la vista del hombre del gas. Te das cuenta de lo que ha ocurrido al sentir el camisón sobre la parte baja de la espalda. Te levantas inmediatamente pero aún quedan más monedas en el suelo. El hombre no hace nada por cogerlas, sino que espera a que seas de nuevo tú la que tengas que agacharte. Lo vuelves a hacer, esta vez con más cuidado pero no puedes evitar que otra vez te quedes semidesnuda ante los ojos deseosos del individuo. Tus mejillas se enrojecen de la vergüenza y recoges al fin la última moneda. Antes de que puedas reincorporarte, notas sobre tus nalgas algo duro, caliente y un poco húmedo a la vez en la parte final. Giras un poco la cabeza y confirmas tus “sospechas”: el hombre del gas se ha sacado su polla y la tiene pegada a tus glúteos, rozando piel con piel. No quieres ni moverte, estás paralizada. Y eso es lo malo: al no reaccionar, al no rechazar las intenciones del butanero, éste se envalentona y comienza a restregarla sobre tus nalgas y a deslizarla sobre tu raja del culo. Sigues sin apartarte lo más mínimo, sin reprocharle su actitud, sin gritarle que pare.
¿Qué es lo que te ocurre? ¿Por qué no se lo impides? ¿Por qué dejas que un desconocido maduro te haga eso? Yo lo sé: cuando escuchaste la llegada del camión del gas, te estabas masturbando, estabas haciéndote unos dedos y esa llegada te interrumpió en plena excitación, cuando se acercaba el momento de la explosión de placer. Te pusiste el camisón de forma apresurada para cubrirte un poco para cuando entrase el individuo. Pero tu coño estaba empapado y palpitando, quería seguir y que terminaras lo que habías empezado, al igual que tu ano, al que también habías estado perforando con varios de tus dedos. Pensabas continuar en cuanto se marchara el butanero, pero ahora acababas de sentir su miembro gordo sobre tu trasero, ese movimiento, la humedad de la punta, la fricción sobre tu raja…y ardías por dentro, te quemaba el deseo. Ya no harían falta tus delgados dedos: tenías una auténtica polla a tu disposición.
El individuo entiende que con tu falta de reacción le das permiso para hacer lo que quiera y no tarda en despojarte del camisón hasta dejarte en pelotas ante su mirada. Tú, sin embargo, mantienes la postura, inclinada, con el culo en pompa. Se lo estás ofreciendo, es una tentación para el maduro. Pone las manos sobre tus nalgas, te las separa y de un golpe seco te clava toda la tranca hasta el fondo. Lanzas un grito de dolor y de placer al mismo tiempo y comienzas a notar el continuo e incesante bombeo de aquella polla venosa y gruesa. Te está partiendo el culo con una maestría y experiencia innegables. El individuo empuja cada vez más fuerte, más rápido y acompaña sus embestidas con cachetadas sobre tus blancas nalgas que pronto comienzan a enrojecer ante esas palmadas sin piedad. Tu sexo te quema, arde, y los flujos te chorrean por la cara interna de los muslos, piernas abajo. El ritmo de penetración es ya frenético y estás a punto de llegar al orgasmo. Al hombre tampoco le queda mucho para correrse. Un empujón más con las caderas, otro más fuerte. Notas como su polla te llega hasta lo más profundo, y estallas de placer por fin de manera descontrolada. En pleno éxtasis sientes cómo la leche hirviendo del butanero fluye a chorros desde su glande hasta tus entrañas dejándote llena entera.
El hombre no retira su verga hasta derramar dentro la última gota. Luego te saca el pene de golpe, toma tu camisón del suelo, se limpia con él los últimos restos de esperma sobre la punta de su miembro y vuelve a arrojar la prenda al suelo, antes de meter su verga dentro del pantalón y marcharse de tu casa, dejándote desnuda y con el ano bien follado y rezumando blanco y viscoso semen.
Despertar con ella
Al despertar, noté el blanco líquido aún caliente sobre mi cuerpo. Jamás hubiera imaginado cuando dejé a mi hermano pequeño venir a mi cama, que aprovecharía mi sueño profundo para hacer quien sabe qué, pero las pruebas quedaron sobre mi piel.
Quizás no le diga nada, haga como que no me di cuenta, quizás lo invite a dormir de nuevo a mi cama esta noche, pero esta vez intentaré mantenerme despierta y que así no sea él el único que disfrute.
Espero volver a notar esa cálida leche sobre mi de nuevo, o aún mejor, dentro.
Al despertar, noté el blanco líquido aún caliente sobre mi cuerpo. Jamás hubiera imaginado cuando dejé a mi hermano pequeño venir a mi cama, que aprovecharía mi sueño profundo para hacer quien sabe qué, pero las pruebas quedaron sobre mi piel.
Quizás no le diga nada, haga como que no me di cuenta, quizás lo invite a dormir de nuevo a mi cama esta noche, pero esta vez intentaré mantenerme despierta y que así no sea él el único que disfrute.
Espero volver a notar esa cálida leche sobre mi de nuevo, o aún mejor, dentro.
Al despertar, noté el blanco líquido aún caliente sobre mi cuerpo. Jamás hubiera imaginado cuando dejé a mi hermano pequeño venir a mi cama, que aprovecharía mi sueño profundo para hacer quien sabe qué, pero las pruebas quedaron sobre mi piel.
Quizás no le diga nada, haga como que no me di cuenta, quizás lo invite a dormir de nuevo a mi cama esta noche, pero esta vez intentaré mantenerme despierta y que así no sea él el único que disfrute.
Quizás no le diga nada, haga como que no me di cuenta, quizás lo invite a dormir de nuevo a mi cama esta noche, pero esta vez intentaré mantenerme despierta y que así no sea él el único que disfrute.
Espero volver a notar esa cálida leche sobre mi de nuevo, o aún mejor, dentro.
Al despertar, noté el blanco líquido aún caliente sobre mi cuerpo. Jamás hubiera imaginado cuando dejé a mi hermano pequeño venir a mi cama, que aprovecharía mi sueño profundo para hacer quien sabe qué, pero las pruebas quedaron sobre mi piel.
Quizás no le diga nada, haga como que no me di cuenta, quizás lo invite a dormir de nuevo a mi cama esta noche, pero esta vez intentaré mantenerme despierta y que así no sea él el único que disfrute.
Espero volver a notar esa cálida leche sobre mi de nuevo, o aún mejor, dentro.
Al despertar, noté el blanco líquido aún caliente sobre mi cuerpo. Jamás hubiera imaginado cuando dejé a mi hermano pequeño venir a mi cama, que aprovecharía mi sueño profundo para hacer quien sabe qué, pero las pruebas quedaron sobre mi piel.
Quizás no le diga nada, haga como que no me di cuenta, quizás lo invite a dormir de nuevo a mi cama esta noche, pero esta vez intentaré mantenerme despierta y que así no sea él el único que disfrute.
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